Las guerras hacen que algunos olviden lo que de verdad importa y que a
otros no les importe la vida ajena.
Las guerras nos desarraigan del respeto, del sentido de la realidad, e
incluso de la conciencia de nosotros mismos y nuestros actos. Las guerras
jerarquizan el valor de la vida y despiertan a los carroñeros.
Nos alejan de lo que somos, y a veces hasta nos hacen olvidarlo.
Nunca he estado en una guerra, sin embargo a lo largo de mi vida he visto
demasiadas.
He visto imágenes que jamás deberían haber existido,
sobre hechos y actos que nadie debería haber sido capaz de hacer.
Si alguien me lo hubiera contado, no le habría creído, y
si lo hubiera visto en una película habría pensado que era
el exceso de ficción de una mente enfermiza. Sin embargo ocurrieron.
Ser espectador de una guerra es algo triste, duro e inquietante. Es tan
malo cambiar el canal y mirar hacia otro lado, como habituar el ojo, la
conciencia y la emoción al descarnado carrusel de cadáveres,
asesinatos y ultrajes que cada día se renuevan en diferentes partes
del mundo, pudriéndolo todo a su paso.
Sin embargo deberíamos atrevernos a mirar y sentir, por que ese
sentimiento de desgarro compartido por encima de las distancias, las culturas
y las diferencias es lo que nos deja más claro en nuestra mente
el sinsentido de la guerra y nos hace impermeables a los absurdos argumentos
y las desvergonzadas excusas de los usurpadores de la dignidad.
Deberíamos atrevernos a mirar y llorar, por que por muy fuerte
que sea nuestra pesadumbre, nunca alcanzará lo que sienten en sus
carnes esas personas que viven bajo las botas del miedo y la crueldad
reglada.
Pero sobretodo deberíamos atravernos y mirar para que nuestros
ojos, emociones y moral no se acostumbren al cotidiano horror que es ver
siempre los ecos limpios y lejanos de alguna guerra en el televisor.
Y, aunque no quiera ni lo desee, deberíamos atrevernos a hacerlo
una y otra vez, por el simple hecho de que otros arriesgaron y perdieron
sus vidas para que ese eco de la realidad no se desvaneciera en manos
de los vencedores, de los que negocian con la guerra y los que se enriquecen
con la muerte de los demás.
Por todo eso ser espectador en una guerra es algo que se debe hacer de
forma responsable, consciente, intencional y, si es necesario, forzadamente.
Por que las víctimas necesitan que nos escandalicemos, que se nos
quiten las ganas de comer, de reir y de ignorarles. Necesitan que sintamos
repulsa por la guerra, por los que la provocan, los que se enriquecen
con ellas y los que las disfrutan.
Y si no me escandalizara, si no me desbordara por el dolor ajeno que provoca
el desgarro de la guerra, me preocuparía.
Tenemos la suerte de haber nacido en una época en la que la realidad
se hace eco de casi todo. Un eco fuerte, sólido y muy real, que
no puede callarse, trastocarse o transformarse durante demasiado tiempo.
Es el precio que ciertas personas tienen que pagar por la tecnología,
y que les impide, aunque lo desearían, evitar que los demás
veamos lo que hay que ver y sepamos lo que de verdad pasó. Así
que, tanto para ellos como para nosotros, la realidad simplemente está
ahí, en imágenes, en fotos, en la televisión, en
los libros, en los documentales, y tan sólo hay que mirar, mirar
de verdad, ... si se quiere y se atreve.
El problema surge cuando a la gente le incomoda mezquinamente ver el horror
de la guerra, o cuando se acostumbran a tenerlo delante, o cuando aceptan
el buen colchón emocional de los entresijos argumentales de quienes
las justifican.
Creo que es sano ponerse a llorar ante el atroz desbordamiento que provoca
ver sufrir a los demás. Creo que es bueno sobrecogerse, horrorizarse
y avergonzarse ante la humillación del alma y la aberración
contra el cuerpo, que es siempre una guerra. Creo que la verdadera "debilidad"
no está en llorar, sino en la falta de lágrimas, en la resbaladiza
mentira de la palabra, en la coraza distanciada y fría del que
en su mente cambia de canal, o en la obediente ráfaga de tópicos,
mentiras y palabras que se repiten de boca en boca, casi sin pensar, desde
las jefaturas más altas hasta los ritos protocolarios de las tumbas
más pobladas.
Durante muchos años se ha criticado a los sufren viendo esas imágenes.
Al fin y al cabo es algo que pasa muy lejos, y que lo más probable
es que nunca alterare nuestra vida. Es algo triste y horrible de un punto
anómino de un mundo que desconozco, así que basta con saberlo
y avevce incluso es mejor no mirar si al verlo nos volvemos más
vulnerables.
El dolor y la inquietud que causa la guerra suele ser muy molesto de afrentar.
Eso nunca nos pasará.